jueves, 6 de febrero de 2014

Marcar la diferencia

“La destrucción del lenguaje”
 Heidegger  decía que las palabras eran incapaces de expresar ciertas cosas, que sólo son símbolos que cada uno interpreta a su modo aunque exista un dicciopatrón más o menos concreto.
Seguramente el odio, el amor, la pobreza o la riqueza adquiera un sentido en mi oído dispar al que adquiere en tu oído.
Es paradójico que aun así existan palabras que dichas en el momento exacto pueden cambiar nuestra vida.
Palabras que salvan y palabras que ametrallan un sistema neuronal desgastado de tantos estímulos.
Más allá de la cíclica ambigüedad del lenguaje existen también otros niveles de comunicación, varias capas que confluyen en las relaciones interpersonales.  ¿Estas capas nos acercan o nos alejan del resto?
Fruncir el ceño, mirar al suelo, sonreír, acariciar… ¿Existe algo más abstracto? Lo dudo, pero a su vez ¿Existe algo más real?
Podemos guiar las palabras, mutarlas y amasarlas para hablar entre líneas o decir pseudo- verdades y conseguir que alguien las asimile con firmeza.
No podemos fingir un gesto. Eso es lo bonito, lo real.
El principal problema que le encuentro a esta idea ojerosa es el punto en el cual una vez muerto el  “lenguaje físico” empiece a morir cada capa del “lenguaje de las miradas”, por llamarlo de algún modo.
Esta mañana hablaba con un compañero de clase sobre esto. ¿Qué está pasando con las habilidades sociales? ¿Por qué esta sociedad llena de tecnología y vacía de contenido?
Sólo diré una cosa y es que nunca dejaré de hablar con mi cuerpo, con mis ojos, con las palabras que puedan ayudarme a expresar algo, real o no y con independencia de cómo el resto lo interprete.
Me importa una mierda ser diferente, de hecho, lo prefiero.
Follémonos a la vida mirándonos a los ojos los unos a los otros, comprendamos que somos insignificantes y que precisamente por eso debemos marcar una diferencia.
Sobran cadenas y éstas son las que permiten este mundo, este siglo XXI de conformismo, retroceso, sumisión y felicidad hipotecada.

¡Abre los ojos! ¡Duda, piensa, habla, exprésate como quieras o sepas, destruye el lenguaje y reconstrúyelo, haz lo que quieras, pero marca la diferencia!

miércoles, 5 de febrero de 2014

Pensar en el Romanticismo como un movimiento del Siglo XVIII-XIX es pensar en una nueva forma de arte, un arte hecho sobre una idea y no como una representación de la realidad ligado a un carácter utilitarista que me pone enferma si hablamos de expresión. ¿Por qué nos empeñamos en arrancarle la magia a todo?
El Romanticismo quiso ir más allá de la razón, quiso sobrepasar toda sistematización. Consideraba el arte, “lo sublime”, como algo que desborda belleza, tanto que nadie puede soportarlo y quienes consiguen tocarlo se queman, algo que parece que afila otra realidad posible, quizá en el subconsciente… Y todo lo de la bestia interior kafkiana, la esquizofrenia, el Síndrome de Stendhal, el mito de las sirenas, las femme fatale… Plasman la imposibilidad de interpretar el ARTE como tal, como ARTE.
Esta idea me hace pensar en ella aún sin saber muy bien si en pasado, en presente o en un futuro utópico.
La idea de arte va íntimamente ligada a ella en sus innumerables ramas: música, poesía, pintura, fotografía, la creatividad, la inconformidad, la agresividad, subversión, transgresión, la irracionalidad que nos vuelve locas... Estar “más allá”, por no hablar de lo estético.
Si a los Impresionistas les obsesionaba el reflejo de la luz en el agua es porque Cezanne, Renoir, Tou-Lousse, Monet y esa patrulla indestructible del “Salón de los rechazados” nunca vieron como una gota de agua se queda atrapada en una de sus pestañas tras una ducha o tras una lágrima.
Si Goya la hubiera conocido nunca habría pintado para la Corte y seguramente sus 14 pinturas negras serían un poco menos negras.
Si el Gran Leonardo hubiese podido tocar un rayo de Sol acostado en tus clavículas de alfiler el Renacimiento dejaría el equilibrio de lado y se habría tirado de cabeza en el más hermoso caos. Si te hubiese podido esculpir se habría dejado las manos e incluso la vida en ello y aun así no habría conseguido plasmar ni una décima parte de tu belleza.
Y acabas apareciendo en mi vida, tu, que Gala envidiaría tus dotes de musa, que podrías haber hablado a Hesíodo sobre la verdad, que eres la personificación de la palabra Arte.
Y yo, que sólo soy capaz de acercarme al Arte llena de admiración, me olvido de todo lo vivido, todo lo sufrido y todo lo aprendido y en vez de tratar de tocarte con la punta de los dedos voy y te abrazo de lleno.
¿Qué esperaba? ¿De qué me quejo?
Toqué el Sol y me quemé, superaste una idealización que ya no sé si existe. (Te) viví intensamente.  Traté de hacerlo bien, creo que lo hice bien y aun así… Me has destruido.

¿Qué esperaba?