miércoles, 5 de febrero de 2014

Pensar en el Romanticismo como un movimiento del Siglo XVIII-XIX es pensar en una nueva forma de arte, un arte hecho sobre una idea y no como una representación de la realidad ligado a un carácter utilitarista que me pone enferma si hablamos de expresión. ¿Por qué nos empeñamos en arrancarle la magia a todo?
El Romanticismo quiso ir más allá de la razón, quiso sobrepasar toda sistematización. Consideraba el arte, “lo sublime”, como algo que desborda belleza, tanto que nadie puede soportarlo y quienes consiguen tocarlo se queman, algo que parece que afila otra realidad posible, quizá en el subconsciente… Y todo lo de la bestia interior kafkiana, la esquizofrenia, el Síndrome de Stendhal, el mito de las sirenas, las femme fatale… Plasman la imposibilidad de interpretar el ARTE como tal, como ARTE.
Esta idea me hace pensar en ella aún sin saber muy bien si en pasado, en presente o en un futuro utópico.
La idea de arte va íntimamente ligada a ella en sus innumerables ramas: música, poesía, pintura, fotografía, la creatividad, la inconformidad, la agresividad, subversión, transgresión, la irracionalidad que nos vuelve locas... Estar “más allá”, por no hablar de lo estético.
Si a los Impresionistas les obsesionaba el reflejo de la luz en el agua es porque Cezanne, Renoir, Tou-Lousse, Monet y esa patrulla indestructible del “Salón de los rechazados” nunca vieron como una gota de agua se queda atrapada en una de sus pestañas tras una ducha o tras una lágrima.
Si Goya la hubiera conocido nunca habría pintado para la Corte y seguramente sus 14 pinturas negras serían un poco menos negras.
Si el Gran Leonardo hubiese podido tocar un rayo de Sol acostado en tus clavículas de alfiler el Renacimiento dejaría el equilibrio de lado y se habría tirado de cabeza en el más hermoso caos. Si te hubiese podido esculpir se habría dejado las manos e incluso la vida en ello y aun así no habría conseguido plasmar ni una décima parte de tu belleza.
Y acabas apareciendo en mi vida, tu, que Gala envidiaría tus dotes de musa, que podrías haber hablado a Hesíodo sobre la verdad, que eres la personificación de la palabra Arte.
Y yo, que sólo soy capaz de acercarme al Arte llena de admiración, me olvido de todo lo vivido, todo lo sufrido y todo lo aprendido y en vez de tratar de tocarte con la punta de los dedos voy y te abrazo de lleno.
¿Qué esperaba? ¿De qué me quejo?
Toqué el Sol y me quemé, superaste una idealización que ya no sé si existe. (Te) viví intensamente.  Traté de hacerlo bien, creo que lo hice bien y aun así… Me has destruido.

¿Qué esperaba?

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